ACTO I
Sucedió
un día que, a Calisto, joven de familia noble, se le escapó un halcón con el
que se entretenía, persiguiéndolo, entró en un huerto donde se encontró con una
muchacha tan hermosa y gentil que allí mismo cayó rendido de amor a sus pies.
Pues de cuando en cuando la Divina Providencia nos depara sorpresas que cambian
el tranquilo curso de nuestras vidas.
Calisto:
En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.
Melibea:
¿En qué, Calisto?
Calisto:
En que le dio poder a la naturaleza para crearte tan hermosa, y en que, a mí,
sin merecerlo, me ha permitido conocerte en este lugar, el mas conveniente para
mostrarte mi pasión.
Melibea:
¿Tanto te agrada mi presencia, Calisto?
Calisto:
Tanto que, si Dios me diese un lugar en el cielo delante de todos sus santos,
no me causaría tanta felicidad.
Melibea:
(Con ironía.) Pues, si sigues así, Calisto, yo te daré un premio aún mayor.
Calisto:
(Sin sospechar la burla.) ¡Oh, bienaventuradas orejas mías, que no sois dignas
de lo que habéis escuchado!
Melibea:
Descuida, que serán desventuradas cuando acabes de oírme, porque la paga será
tan fiera como se merece tu atrevimiento. ¿Cómo se te ocurre tratar así a una
mujer elegante como yo? ¡Vete de aquí tonto, que no tengo tiempo para escuchar
tus alabanzas!
Calisto:
Me iré, pues, tan desdichado como aquel a quien la Fortuna odia cruelmente.
Calisto:
¡Sempronio, Sempronio! ¿Dónde está ese maldito?
Sempronio:
Aquí estoy, señor.
Calisto:
¡Anda Malvado, abre las ventanas y arregla la cama!
Calisto:
No, mejor cierra las ventanas, deja que la oscuridad acompañe mi tristeza.
Sempronio:
¿Pues qué sucede señor?
Calisto:
¡Vete de aquí! ¡No me hables no sea que el enojo me agobie y termine matándote!
Sempronio:
Me iré, ya que quieres sufrir solo.
Calisto:
¡Vete con el diablo!
Sempronio:
No creo que venga conmigo el que contigo se queda… ¿Pero ¿qué le ha pasado a
este hombre, que tan rápido le han robado la alegría y, lo que es peor, el
seso?
Calisto:
¡Sempronio, trae el laúd y cántame la canción mas triste que te sepas!
Sempronio:
Mira nerón te Tarpeya
A Roma cómo se ardía:
Gritos dan niños y viejos
Y él de nada se dolía.
Calisto:
Mayor es mi fuego y menor la piedad de quien yo me sé…
Sempronio:
¿Cómo puede ser mayor el fuego que atormenta a una sola persona que el que
quemó una ciudad entera y a toda la multitud?
Calisto:
¿Cómo Sempronio? ¡Yo te lo diré! La llama que arde ochenta años es mayor que la
que se apaga en un día, y la que quema en un alma es mayor que la que abraza
mil cuerpos.
Sempronio:
Pues sí que está mal mi amo, que se ha vuelto un hereje…
Calisto:
¿Qué mascullas, Sempronio?
Sempronio:
Digo, señor, que eso que has dicho suena a herejía.
Calisto:
¿Por qué?
Sempronio:
Porque va en contra de la religión cristiana.
Calisto:
¿Y a mí qué me importa?
Sempronio:
¿No eres cristiano?
Calisto:
¿Yo, cristiano? ¡Melibeo soy, a Melibea adoro, en Melibea creo y a Melibea amo!
Sempronio:
¡Ahora comprendo de qué pie cojeas, señor! Pues descuida, que yo te sanaré.
Calisto:
Lo que prometer me parece imposible.
Sempronio:
Nada de eso; al contrario, pues conocer la enfermedad es el comienzo de la
salud.
Calisto:
¿Y cuál crees que es mi enfermedad?
Sempronio:
Que amas a Melibea
Calisto:
¿Solo eso?
Sempronio:
¿Te parece poco, tener la voluntad cautiva de una sola mujer?
Calisto:
¡Qué poco sabes de constancia, Sempronio!
Sempronio:
Insistir en el error no es constancia, sino testarudez, amo.
Calisto:
Pues bien, que te precias de adorar a tu amiga Elicia.
Sempronio:
Haz lo que bien digo y no lo que mal hago.
Calisto:
¿Qué me reprochas?
Sempronio:
Que sometas la dignidad del hombre a la imperfección de una simple mujer.
Calisto:
¿Mujer? ¡Oh, grosero! ¿Cómo te atreves a llamarla mujer? ¡Melibea es Dios, mi
Dios!
Sempronio:
¿Pues no dice Salomón que las mujeres y el vino hacen a los hombres abandonar
su religión? Paganos, judíos, moros y cristianos, todos están de acuerdo en
estas cuestiones.
Calisto:
No sé qué me pasa, Sempronio. Cuánto mas te escucho, mas la quiero.
Sempronio:
¿Quién? ¡Ellas, señor, que desde el momento en que se destapan pierden la
vergüenza y actúan como te he dicho! Así que menos quejas y enfócate en lo que
eres, porque acumulas muchos méritos.
Calisto:
¿Méritos, Yo?
Sempronio:
¿Quién si no? Para empezar, eres hombre y la naturaleza te dotó de hermosura,
gracia, fuerza y ligereza. Y también la fortuna esta contigo, nadie te
menosprecia.
Calisto:
Todo menos Melibea. Y cuanto has dicho de mí, puedo decirlo yo de Melibea:
fíjate en la nobleza de su familia, en su riqueza, en sus virtudes y su
hermosura. Déjame que te la describa, así se aliviará mi pena… Comenzaré por
los cabellos. ¿Conoces las madejas de oro fino que hilan en Arabia? Pues sus
cabellos son más lindos y no resplandecen menos. Y le llegan hasta los pies, de
forma que le basta peinárselos y trenzarlos para convertir en piedras a los
hombres…
Sempronio:
¡En asnos, más bien!
Calisto:
¿Qué dices?
Sempronio:
¡Digo que sus cabellos no serían cerdas de asno!
Calisto:
¡Pero qué bruto eres, qué comparación! Bueno, sigo: sus ojos no son verdes y
rasgados; las pestañas, largas; la nariz, mediana; la boca, pequeña; los
dientes, menudos y blancos; los labios, colorados y gordezuelos; la piel, tan
blanca que oscurece la nieve. Sus manos son menudas; los dedos, largos. Y el resto
de su figura no pude verlo, pero me lo imagino perfecto…
Sempronio:
¿Haz acabado, amo?
Calisto:
Lo antes que he podido
Sempronio:
Puede que todo lo que dices sea cierto, pero tú, por ser hombre, eres más
digno. Pero, para que no te desesperes, yo te ayudaré a cumplir tu deseo.
Calisto:
¡Oh, ojalá lo hicieras! Me agrada mucho oírte, aunque no espero que lo
consigas.
Sempronio:
Descuida, señor, que lo haré.
Calisto:
Si lo consigues, te regalo el jubón que me puse ayer.
Calisto:
¿Y cómo has pensado ayudarme?
Sempronio:
Hace tiempo que conozco a una vieja barbuda, a la que llaman Celestina, que es
alcahueta, hechicera y experta en todo tipo de maldades.
Calisto:
¡Pues no tardes! ¡Vete!
Sempronio:
Ya voy. Quede Dios contigo
Celestina:
¡Elicia, Elicia! ¡Que viene Sempronio, Elicia!
Elicia:
¡Ay, Señor, ¡pues está aquí Crito!
Celestina:
¡Mételo en el cuarto de las escobas, apura! ¡Y a Crito dile que viene tu primo
y que no puede verte con él!
Celestina:
¡Sempronio, hijo mío, que alegría! ¡Anda, dame un abrazo! ¿Cómo has podido
pasar tres días sin venir a vernos? Elicia, Elicia, mira quien ha venido!
Celestina,
que es tan vieja como experimentada y astuta, hace además de largarse y se
dirige a la entrada. Pármeno se queda atrás, meditando sobre las palabras y
consejos de la anciana. Pero la tentación es demasiado fuerte, pues hace tiempo
que está enamorado de Areúsa, asi que termina yendo tras la mujer.
Pármeno:
¡Perdóname, madre, que en verdad quiero recibir tu consejo y dejarme guiar por
ti!
Celestina:
(Sonriendo para sus adentros) De humanos es fallar. ¡Me alegro de que te quites
las telarañas de los ojos! Hagamos silencio que se acerca Calisto y tu nievo
amigo Sempronio. Entiéndete con él.
Calisto
y Sempronio, en efecto, se acercan ya desde el interior de la vivienda. El
noble lleva una bolsita en la mano que le ofrece Celestina.
Calisto:
Recibe este regalo, madre, de quien con él te ofrece su vida.
Celestina:
Al igual que en la joya se estima mas el trabajo del orfebre que el oro del que
está hecha, así tu generosidad vale más que el magnifico regalo que me haces.
Pármeno
le pregunta en un aparte a Sempronio qué le ha entregado a su mano a Celestina
y este le susurra que cien monedas de oro. Asombrado Pármeno se echa a reír.
Sempronio:
(Susurrando) ¿Habló contigo la madre?
Pármeno:
(En el mismo tono) Lo hizo, lo hizo y estamos de acuerdo, aunque estoy
espantado.
Sempronio:
Pues calla, o yo te asustaré 2 veces.
Mientras
tanto Calisto y Celestina se despiden…
Calisto:
Ahora, madre, vete y haz tu trabajo. Y vuelve pronto a darme por qué tus
deseos.
Celestina:
Quede Dios contigo
Calisto:
Y que él te cuide en sus manos.
ACTO II
La vieja CELESTINA abandona la casa de
CALISTO muy contenta. Detrás deja al joven lleno de dudas y desasosiego,
consumido por el fuego de su recién descubierto amor. CALISTO, como todos los
enamorados, de ninguna otra cosa sabe hablar que de la causa de sus desvelos…
CALISTO:
Hermanos míos, cien monedas le di a la madre. ¿Hice bien?
SEMPRONIO:
¡Que si hiciste bien! Sin duda te digo que es mejor usar las riquezas que
poseerlas. ¡Oh, qué honroso es dar, qué miserable recibir! Disfruta de haber
sido generoso y sigue mi consejo:
vuélvete a tu habitación y descansa, pues tu negocio está en buenas manos.
CALISTO:
(Dudando.) Sempronio. No me parece buen consejo que me quede yo acompañado y
que marche sola en busca de mi bien. Mejor será que vayas con ella y le metas
prisa, pues de su diligencia depende mi salud; de su tardanza, mi pena y de su
olvido, mi desesperanza.
SEMPRONIO, que es hábil e intrigante, se
hace de rogar. Afirma que le duele abandonar a CALISTO, pues bien se ve que en
su estado es capaz de cometer cualquier locura, y él, como buen sirviente, no
se atreve a dejarlo en tal estado. Pero CALISTO insiste y afirma que se quedará al cuidado de PÁRMENO, por lo
que SEMPRONIO acaba obedeciendo a su amo y parte tras CELESTINA.
CALISTO:
(Cuando sale SEMPRONIO.) Y a ti PÁRMENO,
¿Qué te parece lo que ha pasado? Mi pena es grande; Melibea, admirable;
Celestina, sabia en estos negocios. No podemos fallar.
PÁRMENO:
Creo que tus dineros irían mejor empleados en regalos a Melibea, señor. Al
dárselos a Celestina y contarle tu secreto, te conviertes en su prisionero.
Porque a quien dices tu secreto das tu libertad.
CALISTO:
(Contrariado.) Algo de razón tienes… Lo que no entiendes es que Melibea es una
mujer de condición noble a la que uno no puede dirigirse abiertamente. Por eso
es necesario que entre los dos haya un mediador que le lleve mis mensajes.
CALISTO:
¡Bien se nota que no sufres como yo, Pármeno!
PÁRMENO:
(Dándose cuenta de que sus palabras irritan a su amo.) Señor, prefiero que me
riñas porque te enfado a que me condenes después porque no te aconseje.
CALISTO:
¡Palos querrá este bellaco! Dime, malcriado: ¿Por qué hablas así de lo que yo
adoro? Mientras Sempronio hace todo lo posible para ayudarme, tú sólo pones
inconvenientes. ¡Te finges fiel, pero eres un bote de malicias! Sempronio temió
irse y dejarme solo contigo. Y ahora yo sufro su ausencia y tu presencia. ¡En
verdad vale más solo que mal acompañado!
PÁRMENO:
Señor, débil es la fidelidad que se convierte en elogio por temor al castigo.
Ya te darás cuenta de que mis palabras agrias son mejores para matar este
cáncer que las de Sempronio, que sólo sirven para avivar tu amor.
CALISTO:
¡Calla, calla, perdido! Aquí estoy yo sufriendo, y mientras, tú filosofando.
¡No esperare más! ¡Que ensillen un caballo y lo limpien bien, que voy a salir,
y quizá pase por la casa de señora y mi Dios!
PÁRMENO va a cumplir las instrucciones de
su amo y, poco después, CALISTO sale de casa a caballo. El criado se queda en
la puerta, viéndolo marchar y rumiando para sí muy enojado. “!Vete al diablo!”,
murmura. “!Que Celestina y Sempronio te espulguen! ¡Oh, desdichado de mi!
Mientras otros ganan por ser malos, yo pierdo por bueno. Así es el mundo. Pero
de ahora en adelante, si dice comamos, yo también; si quiere derribar la casa,
yo lo aprobaré; si quiere quemar su hacienda, yo iré a por fuego. Pues por algo
dicen que a río revuelto, ganancia de pescadores”. Mientras tanto, SEMPRONIO ha
alcanzado a CELESTINA y juntos se dirigen a la casa de la vieja. Por el camino
van discutiendo el negocio que se traen entre manos.
SEMPRONIO:
Nuestro enfermo está impaciente. Teme que seas perezosa y maldice su avaricie
por no darte más dinero.
CELESTINA:
Todos los que aman son impacientes. Especialmente estos amantes primerizos, que
no saben el daño que su pasión causa en ellos mismos y en sus sirvientes.
SEMPRONIO:
(Alarmado.) ¿Qué dices de sirvientes? ¿Crees que nos puede venir a nosotros
algún daño de este negocio? ¡Al primer aviso de peligro, lo abandono y al
diablo con sus amores! Pero habrá que ver antes cuánto le dura su ardor, que no
hay sufrimiento que el tiempo no haga soportable.
CELESTINA:
Bien dicho. Estoy contigo. No podemos fallar, hijo, pero todavía queda mucho
por hacer: ir y venir, exponer razones fingidas, recibir malas palabras, aunque
sólo sea para que no digan que me gano el salario holgazaneando.
SEMPRONIO:
Haz según te parezca, que no será este el primer negocio que has llevado.
CELESTINA:
¿El primer, hijo? ¿Qué piensas, que me mantengo del viento? ¿Heredé algo, tengo
algo aparte de este oficio? ¿De qué como y bebo, de qué visto y calzo? En esta
ciudad todos me conocen, y si alguno no se sabe mi nombre, es que es
extranjero.
SEMPRONIO:
Dime, madre: ¿Qué hablaste con Pármeno cuando subí con Calisto a por el dinero?
CELESTINA:
Le dejé bien claro que ganaría mucho más con nuestra compañía que adulando a su
amo. Le recordé que su madre ejercía el mismo oficio que yo, para que no me
menosprecie.
SEMRPONIO:
¿Hace tanto que lo conoces?
CELESTINA:
Tanto que lo vi nacer y ayudé a criarlo. Su madre y yo éramos uña y carne; de
ella aprendí lo mejor que sé de mi oficio. Juntas comíamos, juntas dormíamos, juntas
nos divertíamos y hacíamos nuestros negocios. Nunca gané una moneda sin que
ella recibiera la mitad. Si su hijo fuese como ella, ten por seguro que tu amo
quedaría desplumado y nosotros sin queja. Pero yo lo convertiré en uno de los
nuestros…
SEMPRONIO:
¿Y cómo has pensado hacerlo, si es un traidor?
CELESTINA:
Le daré a Areúsa. Será de los nuestros, descuida.
SEMPRONIO:
¿Y Melibea? ¿Crees que podrás conseguir algo de ella?
CELESTINA:
Lo que yo veo por el momento es que Melibea es hermosa y Calisto generoso.
¡Mientras haya monedas, que dure el pleito que sea! Todo lo puede el dinero:
rompe las rocas y pasa los ríos sin mojarse; no hay lugar tan alto que no lo
suba un asno cargando el oro. Iré a casa de a Pleberio, que es el padre de
Melibea, y si la muchacha se muestra brava, no será la primera que yo amanse.
Al principio todas se muestran quisquillosas, pero una vez que consienten ya no
quieren detenerse. ¡Tal es el efecto que obran en ellas los besos de quien
aman! Son enemigas del medio, siempre están en los extremos…
SEMPRONIO:
No te entiendo madre.
CELESTINA:
Digo que la mujer o ama mucho al que la pretende o lo odia intensamente. Por
eso voy confiada a casa de Melibea, porque sé que, aunque al principio me
amenace, al final me ha de halagar.
SEMPRONIO:
Madre, mira bien lo que haces, que lo que empieza mal acaba peor. El padre de
Melibea es noble y esforzado, y su madre, celosa y brava, y tú eres la misma
sospecha.
CELESTINA:
¡Quita, quita, en mala hora te tomé por compañero! ¡Lo que faltaba, que quisieras
enseñarme mi oficio! Cuando tu naciste, ya comía yo pan con corteza.
SEMPRONIO:
Lo que deseo es que este negocio termine bien. Y no por quitarle a mi amo la
pena, sino por salir yo de la pobreza. Pero tengo poca experiencia y por eso
veo en él más inconveniente que tú, que eres maestra vieja.
Así charlando, llegan ambos a casa de
CELESTINA y se encuentran allí a ELICIA. La muchacha se muestra muy sorprendida
al ver a SEMPRONIO.
ELICIA:
¡Alabado sea el Señor! ¿Qué novedad es esta de venir dos veces en el mismo día?
CELESTINA:
Calla, boba, déjale, que estamos ocupados. (Echa un vistazo precavido al piso
superior.) Dime, ¿Hay alguien más en la casa? ¿Se marchó la moza que esperaba
al abad?
ELICIA:
(Siguiéndole el juego a la vieja y burlándose secretamente de SEMPRONIO.) Y aun
después vino otra y se fue.
CELESTINA:
Pues sube rápido al desván y tráeme el bote de aceite de serpiente y un papel
escrito con sangre de murciélago que hay en el arca. Y en la cámara de los
ungüentos coge la sangre del carbón y unas pocas barbas de las que tú le
cortaste.
Un poco más tarde, ELICIA regresa con lo
que le pidió la vieja, se lo entrega y sube al piso con SEMPRONIO. Cuando se
queda sola, CELESTINA se acerca al caldero del hogar y comienza a manipular los
extraños ingredientes mientras murmura sortilegios con terribles palabras…
CELESTINA:
¡Te conjuro, Plutón, señor de las profundidades infernales, capitán de los
ángeles caídos, gobernador de los tormentos! Yo, Celestina, tu más conocida
clienta, te conjuro por la virtud y fuerza de estas letras rojas, por la sangre
de murciélago con que están escritas, por los nombres y signos que aparecen en
este papel, por el veneno de las víboras con el que unto este hilo, a que
vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad. Haz que Melibea lo compre y quede
enredada, y que cuanto más lo contemple, más quede atrapada en las redes del
amor de Calisto. (Y mientras tan tremendas palabras pronuncia, pasa el hilo por
el ungüento). Si no lo haces con rapidez, me convertiré en tu enemiga. Una y
otra vez te conjuro. Y así, confiando en mi mucho poder, parto para allá con mi
hilo, donde creo que te llevo ya envuelto.
ACTO
III
La Celestina- Acto tercero.
Celestina se dirige hacia la casa de
Alisa, madre de Melibea, donde pondrá en marcha su
plan de convencer a Melibea de
enamorarse de Calisto.
Celestina llega a su destino, Lucrecia,
criada de Alisa le atiende.
Celestina: Buenas hija, tiempo sin
verte,¿se
encuentra Melibea?
Lucrecia: Desde luego, me pregunto ¿cuál es el propósito de tu visita?
Celestina: He venido a comerciar unos
hilos para tu ama.
Lucrecia: Pasa, la Sñr Alisa está adentro.
Celestina: Gracias hija.
Celestina entra a la morada ansiosa
sobre lo que va a pasar.
Alisa: Celestina, amiga mía, un placer siempre
verte.
Celestina: Igualmente Alisa.
Alisa: Me disculparas que me tengo que
marchar, mi hermana se encuentra enferma y
necesito ir a verla.
Celestina: ¿Y que tiene?
Alisa: Un dolor en el costado, ojala que
no sea nada grave.
Celestina: Vete,deberías estar con ella,
estaré
orando por la salud de tu hermana.
Alisa: Ay! Te lo agradezco.
Alisa se retira de la casa y le queda la
perfecta oportunidad de convencer a Melibea.
Melibea: Madre, toma tu dinero de los
hilos que has venido a ofrecernos.
Celestina: Melibea, hija, mis motivos de
la visita son distintos a los que habrás escuchado.
Melibea: Cuéntame.
Celestina: He venido aquí por la enfermedad de
un hombre que solo podrá ser erradica con
tu amor.
Melibea: Madre, no te entiendo. ¿Quien necesita mi
amor para ser curado?
Celestina: El señor Calisto.
Melibea se molesta al escuchar el nombre
de Calisto.
Melibea: No quiero saber nada de se
hombre, es un atrevido que intentó conquistar sin
conocerme.
Celestina: Esque no has visto lo mal que
ha estado, solo lo calma la vinuela.
Melibea: Ese no es mi problema, además por qué has venido tú en nombre de él.
Celestina: Porque necesito sacar
ganancias para sobrevivir.
Melibea: Ay madre.
Celestina: No sabes lo que he sufrido
estando en esta situación de intermediaria.
Melibea: Esta bien madre tratare de
hacer algo por tu enfermo.
Celestina: Te lo agradezco.
Celestina se encuentra de nuevo con
Lucrecia.
Celestina: Hija Lucrecia, ve a mi casa
luego para darte lejía para que esos rizos de tu
hermoso cabello estén más relucientes que
nunca, y un poco de pasta de dientes. Ya que tu
aliento está horrible.
Lucrecia:
Gracias madre, justo lo que necesita.
ACTO
IV
Celestina
se dirige a su casa luego de haber hablado con Melibea, y como lo hace una
mujer de edad, hablaba entre dientes.
CELESTINA:
Oh que cerca que tuve a la muerte, si no fuera por mi astucia, no sé dónde me
encontrara ahora. Oh sabia Celestina, que tan feliz te sientes al ver un
negocio prosperar de tan buena manera.
En
esa esta, cuando de repente aparece Sempronio en el callejón, y se acerca
apresurado, para que le cuente las buenas nuevas.
SEMPRONIO:
Cuéntame, que noticias tenemos, son buenas o son malas?, cuéntame buena vieja,
dime lo que ha sucedido, tu tardanza debe ser por cosas buenas.
CELESTINA:
No siempre es cierta esa idea de bobos. Pero ven conmigo, que quiero que te
enteres por mi propia boca lo que ha sucedido, porque aunque tengas una pequeña
parte de mi ganancia, yo tengo mis propios méritos.
SEMPRONIO:
(Mosqueándose) ¿Una pequeña parte?, eso me parece muy mal.
CELESTINA:
Calla locuelo, parte pequeña o grande, yo te daré lo que quieras, porque lo
tuyo es mío y sobre las ganancias no reñiremos. Además, tu sabes que los viejos
necesitamos más mi Sempronio, no como los jóvenes como tú, que tienen todo a
mesa puesta.
SEMPRONIO:
Necesitare más que comer.
CELESTINA:
Cuales hijo?, no necesitas mayores cosas como esta vieja enferma, deja de ser
egoísta, que de igual manera recibirás ganancias.
Esas
palabras desagradan a Sempronio, que durante la caminata hasta ña casa de su
amo existe un silencio inmenso, pero el realiza insultos en forma de murmullos.
Oh maldita vieja, como pude confiar en ella?, era obvio que también me
engañaría, tan descortés y cínica que ha resultado ser este mujer. Mujer de muy
mala palabra, vieja embustera.
CELESTINA:
(haciéndose la inocente) ¿Que andas diciendo hijo mío? ¿Con quién hablas?
¿Acaso cuentas con amigos imaginarios?
SEMPRONIO:
Digo que me extraña que hayas cambiado tan rápido tus palabras. Me aseguraste
que iba a tener buenas ganancias, por eso mismo accedí a que el tiempo se
alargue y poder extorsionar a mi amo. ¿O acaso ya lo olvidaste?
CELESTINA:
Pero rectificar es de sabios mi buen Sempronio. Me di cuenta que tu amo es
caprichoso, así que más dará un día por las buenas noticias. Así que calla, y
deja trabajar a esta vieja.
SEMPRONIO:
Entonces cuéntame que ha sucedido en la casa de tan bella doncella, dime alguna
palabra que haya pronunciado, que sufro al igual que mi amo.
CELESTINA:
¡Calla, loco!, ten paciencia, cuando lleguemos donde tu amo sabrás lo que les
acontece. Que tu amo ha de estar loco por mi tardanza.
SEMPRONIO:
Ya lo está sin ella…
Llegan
a casa de Calisto y, al momento, Pármeno avisa a su amo. Ambos descienden a la
entrada, Calisto que está ansioso y alterado, es incapaz de esperar en su
alcoba.
CALISTO:
(Ni muy bien aparece por la puerta) ¿Qué acontecimientos tienes señora y señora
mía?
CELESTINA:
Oh, mi buen señor, el nuevo amante de la hermosa Melibea!, ¿Con qué pagaras a
esta triste mujer que te ayuda con tus problemas del amor?, lo que hoy he
vivido, no tiene igual, mi vida hoy, ha valido menos que este manto raído y
viejo que llevo.
PARMENO:
(En voz baja, a Sempronio) la vieja quiere cobrarse sus ganancias. No pierdas
palabra Sempronio, veras que no pide dinero, pues ese se debe dividir.
SEMPRONIO:
(En voz baja) Calla, que si Calisto te oye te matará.
CALISTO:
(Impaciente) madre mía, abrevia o toma esta espada y mátame.
CELESTINA:
¿Espada, señor? ¡Mala espada mate a tus enemigos y a quienes mal te quieren! Yo
le doy la vida, al darte esperanzas con quien amas.
CALISTO:
¿Esperanzas, señora?
CELESTINA:
Asi se puede decir, pues queda abierta la puerta para mi regreso, y antes me
recibirá a mi con esta falta rota que a otras faldas de seda.
PARMENO:
(Murmura para sempronio indignado) te das cuenta, ahora la pide una falda.
SEMPRONIO:
(En el mismo tono) Calla hombre, nos ves que la vieja lo necesita?.
PARAMNO:
Esta vieja quiere juntar todo lo que no ha juntado en cincuenta años.
SEMPRONIO:
Su único defecto es ser codiciosa. Tan solo dejémosla trabajar que luego nos
dará nuestra parte de todo esto.
CALISTO:
(Ansioso, como todo enamorado) Dime, por dios señora, dime lo que ha sucedido
con tan bella dama, dime, ¿Qué cargaba puesto? ¿en qué parte de la casa se
encontraba? ¿Qué cara te puso al principio?
CELESTINA:
La misma cara que ponen los toros bravos contra los que les clavan banderillas
de plata.
CALISTO:
¿Y esa es una señal de esperanza? Pero cuéntame señora del bien, que ha
sucedido, mira como sufro sin saber lo que ha sucedido. Porque todo lo que me
cuentas suena a mas odio que amor, madre mia.
CELESTINA:
En eso me parezco a la abeja, que con su labor convierte todo lo que toca en
algo mejor. Yo también he conseguido el trato aspero de Melibea en una dulce
miel.
CALISTO:
(Respira muy aliviado y agradecido) Ahora que me has tranquilizado, señora, di
cuanto quieras, que yo estare atento. Ven, subamos a mi cámara, para asi me
cuentes todo lo sucedido.
CELESTINA:
Subamos, señor.
Calisto
conduce a celestina escalera arriba para dirigirse a su recamara, pero parmeno
desesperado por las artimañas de la vieja, le dice a Sempronio que los
acompañe, que no los deje solos, porque nadie sabe si esta vieja nos quiera ver
la cara como se la está viendo al amo.
CALISTO:
Dime, ¿Cuál fue la excusa que dijiste para entrar a su casa?
CELESTINA:
Venderle un poco de hilo, la misma excusa que realice para cazar a más de
treinta muchachas como ella, y algunas mayores.
CALISTO:
Mayores de cuerpo madre, porque no creo que de linaje, gentileza y virtud.
PARMENO:
(A semprinio, en voz baja) Ya esta diciendo tonterías. Y a ti se te sale la
baba de escuchar tales mentiras y locuras.
SEMPRONIO:
(Enfadandose con Parmeno) oh calla hombre, solo d escucharte me indignas.
Pueden ser mentiras, pero con ser de amor produce escucharlas.
CELESTINA:
Escucha como sucedió todo, señor calisto. Pues, nada mas vendiendo el hilo,
llaman a la madre de Melibea para que se fuese a visitar a una hermana suya
enferma. Y dejo a Melibea encargándose de mi, para…
CALISTO:
Oh, que tan buena oportunidad que has tenido mi madre sabia. ¡quien estuviera
debajo de tu manto, para escuchar sus palabras!
CELESTINA:
(Divertida) debajo de mi manto?, que dices señor, en ese caso, te podrían
observar por los miles de huecos que aparecen en este humilde manto.
PARMENO:
(Otra vez susurrando) Me voy afuera, Sempronio. Quédate tú escuchando todo. Si
tan solo mi amo se diera cuenta de las blasfemias de esta vieja codiciosa.
No acaba
de decir esto cuando calisto se vuelve con el rostro enojado hacia ellos. Y es
que los susurros que se traen parmeno y sempronio le incomodan tanto que le
impiden concentrar su atención, ante tan buenas noticias.
CALISTO:
(Enfadado) ¿Qué es esto, mozos? ¡yo aquí, escuchando tan contento, y ustedes
hablando para sí! ¡Callad de una buena vez!, y tu señora, que hiciste cuando te
quedaste sola con ella?.
CELESTINA:
Le conté todo lo que me habías pedido: como sufrías por su ausencia, su
indiferencia. Como su amor te hacia delirar. Ella me miraba espantada y en
cuanto dije tu nombre corto mis palabras. Me llamó hechicera, bruja, alcahueta,
vieja falsa y otros insultos que asombran a niños de cuna. Pero mientras más
gritaba y me acorralaba, más contenta me ponía al saber que pronto desistiría,
pero en aquella esquina pensaba como salir sin ni un rasguño.
CALISTO:
Pues no se me ocurre excusa alguna que te permitiese salir airosa. Dime que
inventaste, que quiero apreciar tu sabiduría, que es muy cierto que las mujeres
son mucho más astutas que los hombres.
CELESTINA:
Dije que tu pena era un dolor de muelas y que la palabra que querías era una
oración que ella sabía.
CALISTO:
Oh, que maravillosa astucia. ¿a quién si no a ti hubiese recurrido para tan
honorable pedido?¿que os parece, mozos? ¿ha nacido alguna mujer igual en el
mundo?
CELESTINA:
señor, no me interrumpas, que se va haciendo de noche y de regreso a mi casa
puedo tener algún mal encuentro.
CALISTO:
¿Qué? Si, tienes toda la razón, ordenaré que te acompañen pajes con antorchas.
PARMENO:
Señor, sería bueno que la acompañáramos Sempronio y yo, pues está muy oscuro.
CALISTO:
Bien dicho, asi se hará después ¿Qué te dijo cuándo le pediste la oración?
CELESTINA:
Que la daría de buen grado.
CALISTO:
¿De gran grado? Que dichoso me siento.
CELESTINA:
Pues, todavía le pedí algo.
CALISTO:
¿Qué cosa, mi vieja honrada?
CELESTINA:
Un cordón que ella llevaba siempre en su cintura. Le dije que sería beneficioso
para tu mal, pues ha tocado muchas reliquias.
CALISTO:
(Excitado) ¿y qué respondió?
CELESTINA:
¡Bien me merezco una recompensa! Yo te lo diré…
CALISTO:
(Fuera de sí, dominado por la emoción) oh, por Dios, pídeme lo que quieras.
CELESTINA:
Si me das un manto, yo pongo en tus manos lo que ella llevaba en su cuerpo.
CALISTO:
¿Qué dices del manto? ¡Manto y saya y cuanto tengo!
CELESTINA:
Con el manto me basta, no me ofrezcas más, Que dar mucho al que poco pide, es
una manera de negar.
CALISTO:
¡Corre, Pármeno, llama a mi sastre, y que le corte ahora mismo un manto y una
saya del mejor paño!
Pármeno,
al escuchar la demanda de su señor, refunfuña. Pues murmura el mozo, con
envidia no disimulada, que la vieja se ha salido con la suya y ha conseguido lo
que llevaba buscando todo el día, pero que él se queda con un palmo de narices.
Calisto le escucha rezongar y se enoja.
CALISTO:
¿Qué murmuras, diablo? ¡Bien cierto es que no hay hombre mal servido como yo,
que mantengo mozos que no paran de rezongar y que son enemigos de mi felicidad!
¿Qué dices? Anda rápido y contacta a quien te ordené.
ESCENA
V (en casa de Melibea)
NARRADOR:
Pero celestina necesitaba para su plan, algo que amase mucho Melibea, un cordón
especial de la joven y entonces se dirigió a su casa.
NARRADOR:
Ya estando en casa de Melibea, celestina solicita una entrevista con la madre
de Melibea, Alisa. La ingenua mujer la recibe.
NARRADOR:
Celestina se hace pasar por una vieja vecina, que vive de la venta de hilos,
pero Alisa no puede atenderla, pues su hermana acaba de enfermar, entonces
llama a Melibea para que atendiese a la pobre anciana, que buena ocasión para
Celestina, para hablarle a la joven de Calixto.
CELESTINA:
Oh! hermosa niña conozco a un joven que sufre por tu amor, se llama Calixto.
MELIBEA:
¿Calixto?, ¿el loco del jardín?, no, no me hable de ese hombre, que se a
creído, retírese, retírese por favor, usted es una cómplice de él.
CELESTINA:
No mi niña el joven se aqueja de un dolor de muela nada más y tú eres la única
que lo puede ayudar.
MELIBEA:
yo, ¿acaso en que puedo ayudar a ese loco?
CELESTINA:
si mi niña, solo necesita que hagas una oración que solo tu te sabes y le
regales un cordón que llevas puesto, con esto el podrá ser curado.
MELIBEA:
¿Esta segura?, está bien, pero no me volverán a molestar más nunca.
NARRADOR.
La ingenua joven le entrega el cordón y le escribe la oración.
ESCENA
VI (en casa de Melibea)
NARRADOR:
En la mañana siguiente, Melibea manda a llamar a Celestina con gra apuro, de
inmediato su criada la trae.
MELIBEA:
Celestina, donde esta, donde está Calixto, siento un enorme deseo de verle, por
favor ayúdame para poder verlo.
CELESTINA.
Está bien, hermosa niña a las doce sal al jardín y allí estará esperándote
Calixto.
MELIBEA:
Esta bien allí estaré sin falta.
CPIMA2943@CRISTOREY.EDU.EC
ESCENA
VII (en el jardín)
NARRADOR:
A la hora pactada llego Calixto a casa de Melibea. Allí se entregan en las
mieles del amor, con grandes besos como si el mundo se fuese acabar.
NARRADOR:
Al rato tuvo que partir, pero no sin
antes acordar reunirse de nuevo al
día siguiente.
ESCENA
VIII (en casa de celestina)
NARRADOR:
En otro lado, sempronio y Parmeno se dirigen a casa de Celestina muy contentos,
para recibir la parte acordada, pero.
PARMENO
Y SEMPRONIO: Venimos por nuestra parte.
CELESTINA:
Cual parte, si ustedes no hicieron nada, a caso creen que les daré algo,
jajajajajaaja pobres ilusos.
NARRADOR:
Parmeno y sempronio llenos de ira, se lanza contra la vieja bruja y la matan a
golpes. Entre tanto Elicia los ve y empieza a gritar.
ELICIA:
Auxilio, auxilio, ayúdenla, es Celestina.
NARRADOR:
En ese momento llega la justicia, ellos tratan de huir, pero no pueden, pues
los capturan y a la mañana siguiente son decapitados.
Acto VIII
Un ambiete muy distinto en la casa
de Melibea. Tras la partida de su
criada, la jove comienza a dar vueltas de un lado a otro de su cámara,
impaciente. Pues la visita de Celestina el día anterios ha despertado la inquietud
en su corazón.
Melibea: ¡pobre de mi! ¿no hubiera
sido mejor acceder ayer a las demandas que Celestina me hizo en nombre de aquel
cuya vista me sedujo? ¿será tarde ya hoy, habrá puesto sus ojos ya en otra?
¡oh, mi fiel criada Lucrecia, qué pensarás de mí, cómo te espantarás de mi
falta de vergüenza!
Poco después, mientras Melibea
continúa con sus lamentos, llega Lucrecia en compañía de Celestina.
Melibea: ¡vieja sabia y honrada,
bienvenida! La fortuna ha querido que ahora yo necesite de tus saberes, para
que de esa forma me pagues el favor que te hice al dejar el cordón a ese gentil
hombre.
Celestina: ¿y cuál es ese mal, que
tanto te atormenta que colorea tus mejillas? (Con fingida ignorancia y algo
disimulada burla)
Melibea: madre mía, unas serpientes
me comen eli corazón.
Celestina: bien, bien, justo lo que yo quería (para sí
misma)
Melibea: ¿qué dices? ¿has notado al
verme cuál puede ser la causa de mi enfermedad?
Celestina: ¿quieres que adivine la
causa sin conocer el mal? Lo que digo es que me produce mucha pena verte tan
triste.
Melibea: vieja honrada, alégrame
tú, qué me han hablado de tus grandes saberes.
Celestina: señora, solo Dios es
sabio. A mí solo me alcanza una pequeña porción de su saber, en parte por
experiencia, en parte por instinto. Y todo lo que sé. Lo pongo a tu
disposición.
Melibea: ¡oh, cómo me alegra oirte!
Ahora estoy segura que tus manos me sanarán mi corazón hecho pedazos. Dame
algún remedio.
Celestina: gran parte de la salud
es desearla, así que no creo que tu dolor sea muy peligro. Pero antes, necesito
saber tres cosas sobre tí. Primero: la
parte más enferma de tu cuerpo; Segundo: si es la primera vez que sufres este
mal; tercero: si tu dolor procede de un
mal pensamiento que se asentó en tu corazón.
Melibea: mujer sabia y gran
maestra, te responderé. Lo primero, mi mal mace en el corazón, aunque se
extiende a todas partes. Lo segundo, sí, es la primera vez que me sucede. Lo
tercero, cuál es el mal pensamiento del
que procede, no sé decírtelo, porque no he sufrido muerte familiar, pérdida de
bienes ni cosa semejantd, salvo con la alteración que tú me causaste con lo de
aquel caballero, Calisto.
Celestina: ¿cómo? ¿ Tan mal hombre
es, que solo con ser nombrado te llenas de veneno? No creo que sea esa la
causa, si me das permiso, te diré cuál es la verdadera causa.
Melibea: ¿necesitas que te de
permiso para sanarme? Habla, di lo que te parezca, sino daña mi honra
Celestina: te veo quejarte del
dolor por un lado y por el otro temer la medicina. Tu temor me da miedo, y el
miedo me hace callar. Así que tu dolor terminará ni mi venida te será
provechosa .
Melibea: cuanto más retrasas la cura, más multiplicas
mi dolor ¡te pido que me muestres el remedio siempre que dejes a salvo mi
honra!
Celestina: si de verdad quieres
sanar, sociega tus manos y pies, cubre de piedad tus ojos, pon en tu lengua un
freno de silencio y en tus oidos unos algodones de paciencia.
Melibea: ¡ Oh, cómo me muero con us
evasivas! Di lo que quieras, haz lo que sepas, que el remedio no ouede ser tan
áspero como mi sufrimiento. Aunque toque a mi honra. Si me alivias, tendrás un
beneficio.
Lucrecia: mi señora ha perdido el
seso (murmura para sí misma)
Celestina: nunca me ha de fallar un
diablo aquí y allá; Dios me libró de
Pármeno, ahora me encuentro con Lucrecia
Melibea: ¿qué te dijo esa moza?
Celestina: no le oí nada. Pero
dijese lo que dijese, no hay cosa peor para el médico que tener cerca a los que
con sus dudas despiertan el temor en el enfermo. Por eso es necesario que no
haya personas delante.
Melibea: vete rápido (a Lucrecia.
La criada así lo hace; refunfuñando)
Celestina: tu herida es grande, por
lo que necesita una cura severa. Ten paciencia, que pocas veces se cura lo wue
nos molesta sin dificultad. Dicen que un clavo se saca con otro. No digas nada
malo de persona tan virtuosa como Calisto, que si se llegara a saber…
Melibea: ¡oh, por Dios! ¿no te he
dicho que no me alabes a ese hombre ni me lo nombres, para lo bueno o para lo
malo?
Celestina: señora, si me lo
permites, de nada te servirá mi venida; pero si como prometiste soportas que
probuncie su nombre, quedarás sana y sin deuda, y Calisto sin queja y pagado .
Melibea: más agradable sería que me rasgues mis carnes
y sacases mi corazón que mencionarle.
Celestina: puesto que el amor se
adentró en tu pecho sin romperte las vestiduras, no rasgaré tus carnes para
curarlo.
Melibea: ¿cómo has llamado a este
dolor que se ha adueñado de mi cuerpo?
Celestina: amor dulce.
Melibea: eso debe ser, pues solo
con oirlo me alegro.
Celestina: es un fuego escondido,
un agradable llega, un sabroso veneno, un alegre tormento.
Melibea: ¡ah, pobre de mí! Si es
verdad lo que dices, mi salud será dudosa, que esos nombres que dicfs don
contrarios entre sí.
Celestina: no desconfíes de tu
juventud, que cuando Fios da la herida, envía también el remedio. Yo conozco
una flor que te librará de todo esto.
Melibea: ¿cómo se llama?
Celestina: no me atrevo a
decírtelo.
Melibea: di, no temas.
Celestina: Calisto.
Y con tan solo pronunciar su
nombre, Melibea se desvanece tan intenso es su recién descubierto amor. La
vieja acude a socorrerla con gran preocupación porque se da cuenta de que si
algo le sucediera a Melibea, ella lo pasaría muy mal. Lucrecia es llamada a
gritos y entre ambas recuestan a la muchacha y le refrescan la cara con un poco
de agua. Con tal tratamiento, no tarda melibea en recobrar el conocimiento,
aunque quizá no el sentido…
Melibea: ¡oh, no puedo seguir
ocultándote lo que también me conoces! No ha pasado mucho desde que me habló de
amor. Sus palabrss me resultaron enojosa, entonces como agradables cuándo lo
volviste a mencionar. Te agradezco tu sprovechoza inoportunidad. Te debemos
tanto, pues has sacado de mi pecho lo que jamás ni a ti ni a otro pensé
descubrir.
Celestina: no te sorprendas, pues
estoy acostumbrada sufrir desdenes de las dincellas que viven encerradas como
tú. Dudé muchho en descubrirte, pero la gentileza de Calisto y tu virtud me
animaron. Ahora buscaré la forma de tu deseo y el de Calisto sean pronto
cumplidos.
Melibea: ¡oh, Calisto, mi señor!
¡mi alegría dulce y suave! Si tu corazón siente lo que ahora yo siento, me
asombro de que la ausencia te deje vivir. ¡haz lo que ses oara que le pueda
ver!
Celestina: ver y hablar.
Melibea: ¿hablar? Es imposible.
Celestina: nada es imposible si lo
deseas.
Melibea: dime cómo.
Celestina: ya lo tenía pensado. Por
entre las puertas de tu casa.
Melibea: ¿cuándo?
Celestina: esta noche, a las doce.
Melibea: ¡pues corre, habla con él
y que venga a la hora convenida!
Celestina: adiós, que viene hacia aquí tu madre.
Celestina sale y deja solas a
Melibea y a Lucrecia.
Melibea: oh lucrecia, mi lesl
criada, ya vez: el amor de ese caballero me ha cautivado. Te ruego que gusrdes
el secreto, para que yo pueda gozar del amor.
Lucrecia: señora, mucho antes de
ahora ya me había dado cuenta de tu herida y de tu deseo. Cuanto más querías
ocultarme el fuego que te quemaba, más lo notaba yo en el color de tu csrs, en
el no comer y no dormir. Pero como servidora que soy, sufriría con pena,
callaba con temor, encubriría con fidelidad y ya que no queda más remedio que
morir o amar, es razonable que escojas lo mejor.
Así es como las dos quedan
charlando, mientras Celestina se cruza con la madre de melibea en las escaleras
de la casa. Extrañada, Alida me ñregunta por motivos de su visita y la vieja le responde que había ido a llevar un poco de hilo que
faltaba de la venta del día anterior. Alisa nada responde, pero nads más
despedir a Celestina acude a la cámara de su hija Melibea.
Alisa: Melibea, hija ¿qué quería la
vieja?
Melibea: vaya, pues me ha mentido.
Ten cuidsdo con ella sue es una falsa. El ladrón siemore ronda las casas de los
ricos y ella, con sus mercancías falsas,, busca mudar los propósitos castos.
Lucrecia: tarde avisa nuestra ama.
Susurra.
Alisa: hija mía, si regresa sin que
yo esté , no la recibas de buena manera. Si ve que eres honesta, no regresará
jamás. Que la virtud ed más temible que la espada
Melibea: ¿es de esas? ¡nunca más!
Me alegro fe que me hayas avisado, madre
ACTO IX
Sempronio y
Pármeno salen a ir a casa de Celestina para la comida. Ellos caminan a la
iglesia a ver si Celestina está allí, pues ésta suele ir cuando en su casa
falta comida.
Los dos criados piensan que Celestina no es muy de fiar, pero al mismo tiempo creen que, para bien de todos no deben darle publicidad a su ruindad. Elicia y Areúsa están impacientes porque ellos se retrasan. Cuando llegan, los cinco se sientan a la mesa frente a una comida abundante. Elicia, algo celosa, se enoja con Sempronio por los inmerecidos elogios a Melibea. Se levanta de la mesa, per se apacigua eventualmente y la convences de que regrese y goce de una buena comida. Lucrecia llega con un mensaje de Melibea. Areúsa aprovecha para lanzar una durísima crítica contra las señoras y el servicio en general; ella se cree feliz por no estar sometida. Celestina secunda sin reserva todo lo dicho por la joven prostituta. Lucrecia comenta sobre lo dificultoso que le seria mantener en años anteriores a tantas mozas en el burdel. Celestina responde que no podía estar más equivocada. Aquellos fueron años de apoteosis, con nueve mozas entre los catorce y dieciocho años que ofrecían sus favores a todos los dignatarios, incluidos los clérigos, entre los cuales se consideraba duquesa.
Lucrecia, a solas con Celestina, le ruega que vaya a casa de su señora Melibea y le lleve el cordón reñidero, pues aquella se encontraba afectada por ciertos desmayos y un dolor del corazón y, además, necesitaba sus consejos. Celestina y Lucrecia se dirigen a casa de Melibea.
Los dos criados piensan que Celestina no es muy de fiar, pero al mismo tiempo creen que, para bien de todos no deben darle publicidad a su ruindad. Elicia y Areúsa están impacientes porque ellos se retrasan. Cuando llegan, los cinco se sientan a la mesa frente a una comida abundante. Elicia, algo celosa, se enoja con Sempronio por los inmerecidos elogios a Melibea. Se levanta de la mesa, per se apacigua eventualmente y la convences de que regrese y goce de una buena comida. Lucrecia llega con un mensaje de Melibea. Areúsa aprovecha para lanzar una durísima crítica contra las señoras y el servicio en general; ella se cree feliz por no estar sometida. Celestina secunda sin reserva todo lo dicho por la joven prostituta. Lucrecia comenta sobre lo dificultoso que le seria mantener en años anteriores a tantas mozas en el burdel. Celestina responde que no podía estar más equivocada. Aquellos fueron años de apoteosis, con nueve mozas entre los catorce y dieciocho años que ofrecían sus favores a todos los dignatarios, incluidos los clérigos, entre los cuales se consideraba duquesa.
Lucrecia, a solas con Celestina, le ruega que vaya a casa de su señora Melibea y le lleve el cordón reñidero, pues aquella se encontraba afectada por ciertos desmayos y un dolor del corazón y, además, necesitaba sus consejos. Celestina y Lucrecia se dirigen a casa de Melibea.
Acto X.
Cuando amanece el nuevo día Calisto muy ajeno a los
siniestro sucesos de la noche Se despierta tan contento completamente feliz al
recordar a su amada Melibea.
CALISTO: (Viendo al techo recién despertado). Qué bien he
dormido tres el dulce encuentro con Melibea. ¿Amor mío qué piensas ahora?
¿Duermes o estás despierta? ¿Piensas en mí o en otro? ¿Qué pasa? Más no estuve solo dos de mis
criados estuvieron conmigo. Los mandare a llamar para confirmar, ¡¡Mozos!!
Rápido llamen a Parmeno y Sempronio.
TRISTÁN: (Se va a realizar la orden de su amo). Señor no
está en la casa.
CALISTO: ¿Pero qué hora es? Abre las ventanas para que los
veamos.
TRISTÁN: Señor ya está de día.
CALISTO: Despreocupado. Vuelve a las a cerrar y déjame
dormir hasta la hora de comer.
TRISTÁN. Es un muchacho de corta edad, Deja descansar a su
amo y sale de la habitación. Después. Los gritos que llegan desde la plaza del
mercado llamar su atención y va rápido a la puerta para enterarse lo que ha
sucedido, al rato llega otro mozo de CALISTO, SOSIA, con gran alarma, apenas
puede explicar lo que ha sucedido. TRISTAN lo interroga.
SOCIA: Parmeno y Sempronio nuestros hermanos, nuestros
compañeros…
TRISTAN: ¿QUE PASA CON ELLOS? ¿QUE DICES DE ELLOS?
SOCIA: ¡¡¡Los acaban de degollar en la plaza!!!
TRISTAN: (con gran asombro) Lo viste tu o te lo contaron?
SOCIA: Iba yo y uno me sintió llorar clavo sus ojos en mi
como preguntándose si me dolía su muerte. Agacho su cabeza y se despidió me dio
a entender que nos veríamos el día del juicio final.
Tristan decide despertar a su amo para decirle lo sucedido y
sube con Socia a la habitación donde descansa Calisto.
SOCIA: ¡Señor! ¡Señor!
CALISTO: ¿Que sucede locos? ¿¿No les dije que me dejaran
dormir??
SOCIA: Despierta y levántate, debes defenderte y a los
tuyos. Sempronio y Parmeno han sido descabezados en la plaza.
CALISTO: ¿cómo es eso posible? ¡No sé si creerte! ¿Tu lo has
visto?
SOCIA: los vi…
CALISTO: Pero si anoche han estado conmigo.
SOCIA: han madrugado para morir.
CALISTO: (triste) Pobres de mis criados leales… mis grandes
servidores… Dime Socia cual fue la causa?
SOCIA: Señor, el verdugo dijo que por darle muerte a una
mujer que se llamaba Celestina.
CALISTO: ¿Te vieron? ¿Te hablaron?
SOCIA: ¡Señor si los vieras se te rompería el corazón!
CALISTO: (preocupado) Pues siento mucho perder mi honra mi
nombre y fama en boca de todos!
Mis secretos, andarán por la calle, ¿qué será de mí? ¿Dime
Socia por que mataron a la vieja?
SOCIA: Señor, la criada de Celestina, publico que no quería
compartir con ellos una cadena de oro.
Muy afectado sobre lo ocurrido se queda en su habitación
meditando. Decide seguir con sus principios pues la pasión que siente por
MELIBEA es grande, así que pide a TRISTAN Y a SOSIA que lo acompañen donde su
amante.
En la noche CALISTO sale con los criados, impaciente. Cuando
llegan al huerto de MELIBEA esta aguada también impaciente.
MELIBEA: (al ver a su amor en el huerto) Oh señor mío o
saltes de tan alto que me moriré de verlo.
CALISTO: (con Melibea en brazos), Oh angelical imagen, preciosa
perla, mi señora y mi gloria! En mis brazos te tengo y no lo creo.
MELIBEA: (repentinamente recatada). Señor, me confié en tus
brazos por cumplir tu voluntad, pero no quieras perderme, las cosas mal hechas
son difíciles de reparar después de haberlas cometidas, goza de verte y tenerte
conmigo, pero no me pidas aquello que no podrás devolverme.
CALISTO: Señora, toda mi vida llevo tras un premio tal,
¿Como voy a rechazarlo cuando me lo ofrecen?, llevo toda mi vida nadando a
través de este fuego de mi deseo por ti, y no permites ahora que arrime a tu
puerto a descansar.
MELIBEA: Por mi vida, que tu lengua hable lo que quiera,
pero que tus manos no hagan todo lo que puedan. Estate quieto mi señor, no
quieras robarme el mayor don que me ha dado la naturaleza.
CALISTO: ¿para qué señora? ¿Para sufrir de nuevo? Perdona
mis manos desvergonzadas que nunca se imaginaron tocar tu ropa y ahora
acariciar tu piel.
MELIBEA: (a su criada que estaba cerca) Aléjate LUCRECIA.
CALISTO: ¿Por qué mi señora? Bien que hay testigos de mi
amor.
MELIBEA: Yo no de mi error, si hubiese sabido que te
portarías así conmigo no me habría fiado de ti…
Los amantes se entregan a las caricias en el mismo huerto,
sus gemidos traspasan la tapia y alcanzan el exterior donde están TRISTAN y SOCIA.
SOCIA: (en susurros) Oyes Tristán?
TRISTAN: Oigo tanto que tengo a mi amo por el mas afortunado
de los hombres, Y por mi vida que, aunque soy joven disfrutaría de ella tanto
como mi amo.
SOCIA: Para una joya así cualquiera tiene manos, pero bien
caro les cuesta. Dos mozos entraron en la salsa de esos amores.
TRISTAN: (con resentimiento) Ya olvídalos. Déjate de morir
sirviendo a ruines, míralos a ellos abrazados y sus servidores mientras tanto
degollados.
MELIBEA: ¿Mi vida, porque has querido que pierda mi corona
de virgen así?
CALISTO: Ya va amanecer cómo es posible?
MELIBEA: Señor ahora que soy tu dueña, no me niegues tu el
placer de verte, pasa de dia ante mi puerta y de noche ven por el mismo lugar
del huerto que yo te esperare
CALISTO regresa a casa y reflexiona sobre lo ocurrido.
CALISTO: ¿QUE HICE? ¿Por qué no acudí siquiera a averiguar
lo ocurrido? Ya no quiero nada, ni riquezas, ni padres ni parientes, por el día
me quedare en mi casa y por la noche iré al huerto.
Asi lentamente queda dormido calisto cuando despierta el
nuevo dia.
ACTO
XI
ACTO
XII
ACTO
XIII
Acto
XIV
Consumada
la tragedia,Pleberio lleva a su hija en sus brazos y regresa con ella a su
habitación, muy adolorido por su partida.
Luego
va a su habitación a contarle la tragedia a su mujer.
Alissa:
¿Qué sucede,Pleberio? ¿Por que pides la muerte? ¿Tiene que ver Melibea? ¡Dimelo
que si ella sufre, yo tambien!
Pleberio:
Nuestro bien se ha perdido. Ahí esta muestra hija hecha pedazos.
¡Oh,
mi hija! ¿Por qué te fuiste? Tuve que haber sido yo antes de ti, ¿Por qué tan
joven? ¿Qué hare hija mia, cuando entre a tu alcoba y la vea completamente
vacia? La pobre Celestina murió a manos de sus compinches, ellos murieron
degollados calisto despeñado y mi pobre hija tambien ¿Por qué me dejaste
sufriendo?
Nota: Este es el informe que nos dieron los escritores aunque esta incompleto.
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